Hace poco tiempo, una de mis primeras amigas de la infancia
se murió. Fiel a su estilo, se fue sin avisar ni pedir permiso. Todavía la
escucho cerrando sus frases con el infaltable: «¿O no?», como para reclamar la
verdad de todas las verdades.
Si bien María Laura solía sorprendernos con su determinación,
esta vez se excedió al dejarnos sin palabras. Cinco meses después, apenas
balbuceo. Pero estoy lista para responderle:
1. Hablo con tu mamá. Está renga de dolor, pero de
pie. Preciosa, como siempre. Charlamos sobre todo. Creo que no te va a gustar saber
que también hablamos de los piojos que te contagiabas.
2. Tus amigos de la infancia nos reencontramos.
Para ser sincera, el primer reencuentro fue en tu velorio. Ya lo habrás visto,
no faltó nadie. Te imagino tomándonos asistencia.
3. Nos dejaste una lección de «inmediatez». Lamento
que hayas tenido que desarmarte para enseñarnos que algo tan simple y efímero
como «un segundo» es capaz de modificar una vida, o muchas. Lo aprendimos todos
después del cachetazo. De eso, no te podés quejar.
4. Una amiga del grupo de la infancia hizo un video
maravilloso. Te puso en primera plana, como a vos te gusta. Estoy segura de que
lo habrás anotado en la lista de «Las cosas que tienen que hacer».
5. Otra amiga del grupo te entendió con
pragmatismo: «Quedate», nos dice a todas, mientras hace el ademán de agarrarte,
de retenerte. Me transporta a las cuadras que caminaste, convencida de que ibas
a dejar huella. La dejaste.
6. Tus chiquitos tienen manos de sobra. Además de
tu familia, que sigue «tus instrucciones» al pie de la letra, te ocupaste de reservar una legión para quererlos y cuidarlos.
7. Ando un poco más sensible de lo normal, pero me
las arreglo con el decoro que me da la idea de que puedo indignarme por todo. En
realidad, no me indigno por nada; pero me sirve la excusa para acomodarme en un
lugar seguro.
8. Con honestidad bruta, hubiese preferido un amor
fallido, una deuda impaga, una puteada eterna. Estaba mejor preparada para eso que
para la que te mandaste. Esto debe ir a la lista (tu preferida): «Los dejé sin
palabras».
9. Te llevo a terapia. De a poco, me voy quitando
el uniforme del colegio; mientras la terapeuta hace respetuoso silencio cuando
la increpo con un por qué.
Ya ves la que armaste. Tal vez, esta sea la verdad que nunca
reclamaste, ¿o no?

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