sábado, 20 de abril de 2019

Tacos rotos


Hace poco tiempo, una de mis primeras amigas de la infancia se murió. Fiel a su estilo, se fue sin avisar ni pedir permiso. Todavía la escucho cerrando sus frases con el infaltable: «¿O no?», como para reclamar la verdad de todas las verdades.  

Si bien María Laura solía sorprendernos con su determinación, esta vez se excedió al dejarnos sin palabras. Cinco meses después, apenas balbuceo. Pero estoy lista para responderle:

1. Hablo con tu mamá. Está renga de dolor, pero de pie. Preciosa, como siempre. Charlamos sobre todo. Creo que no te va a gustar saber que también hablamos de los piojos que te contagiabas.
2. Tus amigos de la infancia nos reencontramos. Para ser sincera, el primer reencuentro fue en tu velorio. Ya lo habrás visto, no faltó nadie. Te imagino tomándonos asistencia.  
3.  Nos dejaste una lección de «inmediatez». Lamento que hayas tenido que desarmarte para enseñarnos que algo tan simple y efímero como «un segundo» es capaz de modificar una vida, o muchas. Lo aprendimos todos después del cachetazo. De eso, no te podés quejar.
4.  Una amiga del grupo de la infancia hizo un video maravilloso. Te puso en primera plana, como a vos te gusta. Estoy segura de que lo habrás anotado en la lista de «Las cosas que tienen que hacer».
5.  Otra amiga del grupo te entendió con pragmatismo: «Quedate», nos dice a todas, mientras hace el ademán de agarrarte, de retenerte. Me transporta a las cuadras que caminaste, convencida de que ibas a dejar huella. La dejaste.
6.  Tus chiquitos tienen manos de sobra. Además de tu familia, que sigue «tus instrucciones» al pie de la letra, te ocupaste de reservar una legión para quererlos y cuidarlos.
7.  Ando un poco más sensible de lo normal, pero me las arreglo con el decoro que me da la idea de que puedo indignarme por todo. En realidad, no me indigno por nada; pero me sirve la excusa para acomodarme en un lugar seguro.
8.  Con honestidad bruta, hubiese preferido un amor fallido, una deuda impaga, una puteada eterna. Estaba mejor preparada para eso que para la que te mandaste. Esto debe ir a la lista (tu preferida): «Los dejé sin palabras».
9.  Te llevo a terapia. De a poco, me voy quitando el uniforme del colegio; mientras la terapeuta hace respetuoso silencio cuando la increpo con un por qué. 

Ya ves la que armaste. Tal vez, esta sea la verdad que nunca reclamaste, ¿o no?

viernes, 19 de abril de 2019

Mariúscula, otra vez



Mariúscula es pésima escritora. Pero insiste en el arte que no domina porque la criaron con la idea de que, a fuerza de práctica, todo parece encajar alguna vez. Esto no siempre es verdad; aunque podemos convenir en que el mundo funciona gracias a esa media verdad (o a esa media mentira).

A Mariúscula le encantan la acidez, la tercera vía y algunas palabras que no están del todo bien promocionadas ni por la RAE ni por su familia.  

Suele obsesionarse con temas intrascendentes. Pero en sus ratos libres, se ocupa de las cuestiones que nos acontecen a todos y, en esos casos, es probable que tenga (o se busque) problemas.  

Mariúscula me hizo quedar mal en varias oportunidades. Ocurre que no tengo ni su frescura ni su verba en todo lo que sabe o dice saber (lo segundo es más cierto que lo primero).

Mariúscula tiene amigos que yo no tengo; pero yo termino siendo amiga de los amigos de ella. Puede ensuciarse los tacos y, aun así, parecer inmaculada. Sabe abrazar sin pudor. Suele enamorarse de las causas perdidas, aunque no le da la espalda a las victorias esporádicas.

Mariúscula escribe mal, pero habla bien. De modo que, después de haberla sometido a un descanso forzado, decidí que era momento de devolverle este pequeño espacio. Porque, hay que admitirlo, incluso con sus defectos, a mí me va mejor cuando discurre ella.

Después de todo, nada puede ser peor de lo que ya conocés.